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REVISTA SINARQUÍA - Mexicanidad y Democracia

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Sinarquistas del Mayab

Sinarquistas del Mayab

Coten Ech in Puccical

"Vengan a mi Corazón y miren..."

En el Sureste mexicano surgieron grupos sinarquistas con destacados animadores, como Andrés Valencia, Rach,  Soltero Suluc, Celso Chi, Esteban Aké y otros.

Aquí unas palabras de Esteban Aké que Antonio Martínez Aguayo transcribe en su libro "Sucedió ayer...".

" En nuestras andanzas por esas tierras Mayas tuvimos oportunidad de escuchar un discurso que nos pareció de singular belleza. Brotó más que de los labios, de lo más profundo del Ser de éste sinarquista Maya que había sido conquistado para la Causa por Andrés Valencia, pregonero del Sinarquismo en las calcáreas tierras del Mayab.

     Coten ech in Puccical fué todo lo que se nos grabó en el oído. Pero sus brazos hercúleos abiertos en cruz y posteriormente recogidos con suavidad hacia su pecho, y su mirada plena de indescriptible amor, ha estado viva en el correr del tiempo.

Esteban Aké puso fín a su breve pero estrujante discurso en lengua maya que otro compañero tradujo al español para que nosotros comprendiéramos lo que dijo, pues prácticamente todo el auditorio estaba compuesto por indígenas mayas.

     El pensamiento central fué el siguiente:

"Compañeros! : Dzules y Macehuales ( Mestizos e indígenas) ... Vengan todos a mi  corazón y miren lo que hay dentro de él, yo no podría explicarles lo que es y lo que quiere el Sinarquismo, pero métanse aquí dentro y vean cómo allí sólo hay amor para todos; ¡ Eso es Sinarquismo !: amor, amor para nuestros amigos y amor también para nuestros enemigos; a éstos vamos a conquistarlos amándolos, pues sólo el amor dignifica y engrandece al Hombre".

     Bella lección de cómo debe entenderse al Sinarquismo.

Pàgina Antigua de Sinarkalli
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Ramiro Ledesma y la Juventud

Juventud

La actualidad del hecho y la respuesta de la acción se sustentan sobre la juventud que es el instrumento del cambio revolucionario nacional. «Ha llegado otra vez la fortuna de arriesgarse» pide a los jóvenes la canción jonsista, y el marco de la rebelión se realiza «sobre un mundo cobarde y avaro, sin justicia, belleza ni Dios».

Con esos parámetros, Ramiro Ledesma no asume el concepto de clase de Marx ni comparte la unción por los programas. Ledesma precede a Marcuse en su definición de la juventud, en especial los estudiantes, como nueva generación revolucionaria en tanto que actúa. José María de Areilza, que conocía a Ledesma desde el otoño de 1931, atestigua: «Confiaba en los jóvenes. Creía que a ellos –estudiantes y obreros– había de dirigirse especialmente el esfuerzo de captación.»{20} Aún de diferente extracción social, los jóvenes buscan un mundo nuevo, quieren construir sus propias estructuras, llevan un mundo nuevo en sus corazones. «No pensamos contribuir a vigorizar otras consignas que las creadas por nosotros mismos. Y aludimos, al hablar así, a los esfuerzos que la generación española más joven hace ya, y hará cada día con más brío, por encontrar el camino de su propia liberación y el de la liberación nacional del país entero.»{21} Es una afirmación de independencia frente a culturas foráneas pero también ante otras capas de la población desmovilizadas, una generación que busca «su propia liberación» y la «nacional». ¿Cuál es esta liberación como generación? En el número dos de La Conquista del Estado, Ramiro Ledesma escribe: «Buscamos equipos militantes, sin hipocresías frente al fusil (...) que derrumben la armazón burguesa y anacrónica.» De las palabras a los hechos.

Ramiro lanza un mito movilizador heroico. El trabajador toma el papel del guerrero en la idea de Sorel, y a través de los sindicatos genera una nueva sociedad que surge del choque contra el viejo mundo. Ledesma busca movilizar a la juventud española en pos de esa tarea y critica a la revolución de las izquierdas partir de la revancha y obviar el valor nacional. La nación es el marco de referencia del pueblo, su hogar. «El nacionalismo de la clase media proporcionó una base común, unas pautas comunes y un marco de referencia común.»{22}

Acción y juventud. Ledesma recusa del mando a los hombres mayores de 45 años. El mismo no alcanzará esa edad. La experiencia hace descreídos y la fe para conquistar el pan y el imperio requiere el fanatismo entregado de la juventud. En la misma década escribe Miguel Hernández: «Sangre que no se desborda, juventud que no se atreve, ni es sangre ni es juventud ni reluce ni florece.» El culto a la juventud que renacerá en los años sesenta del siglo pasado fundamentalmente a través de la música. Pero Ledesma también tiene antecedentes en la elección de la juventud como elemento revolucionario. «El programa fundamental del futurismo sería la sustitución en las funciones dirigentes del país ’de los vejestorios’ por la juventud.»{23} La exaltación de la juventud pertenece el futurismo que es anterior, incluso, al fascismo.

En esa línea, en el número dos de La Patria Libre, Ramiro analiza la formación de las juventudes en los partidos socialistas y radicales, entre los que cita a la Juventud Radical-Socialista: «Pero estas juventudes (...) alimentadas exclusivamente con elementos negativos de odio a la Patria, al rico (sin amor al humilde), a la tradición espiritual de nuestro pueblo (sin tolerancia religiosa), al Ejército (sin amor a la paz verdadera).»{24} ¿Busca Ledesma el amor al humilde, la tolerancia religiosa, el amor a la paz? Ledesma quiere a la juventud para nutrirla de amor a la España imperial, al pueblo que hay que incorporar a la Historia y no como comparsa. Ledesma quiere la tolerancia de los fuertes, la paz de los valientes y la justicia de los trabajadores.

Pan e Imperio. Ledesma lanza un mito proletario e imperial, la acción directa es su instrumento: busca la destrucción del sistema, la abolición de la explotación económica y la liberación nacional. Desecha la vía parlamentaria, como es común en el sindicalismo mediterráneo primigenio. La vinculación social de Ledesma es clara: «Pues esos parados y esas juventudes de porvenir incierto no lo están en virtud de una crisis transitoria y concreta, sino que son víctimas de todo un sistema de desorganización y de insolidaridad.»{25} Para Ledesma el sistema a combatir promueve la desorganización, divide y vencerás. El parlamentarismo se dedica a «hacer del Estado y de la vida nacional objeto de botín transitorio, sin fidelidad esencial a nada»{26}. La política con mayúscula, la internacional, se hace inestable al carecer de política de Estado y mutar ésta al capricho del gobierno de turno. La palabra de España en el exterior pierde su garantía y el desarrollo interior fluctúa a expensas de los cambios de gobierno. Siendo de los más antiguos de Europa, el Estado español tiene una política maestra, en especial la exterior, independiente de los deseos de la figura autoritaria del momento, césar o presidente.

Y la palanca del cambio, de la liberación nacional y de la suya propia, es la juventud, la generación de su tiempo.

ACERCA DE LA REVOLUCION

La masa de un pueblo que necesita una revolución no puede hacer la revolución.

La revolución es necesaria, no precisamente cuando el pueblo está corrompido, sino cuando sus instituciones, sus ideas, sus gustos, han llegado a la esterilidad o están próximos a alcanzarla. En estos momentos se produce la degeneración histórica. No la muerte por catástrofe, sino el encharcamiento en una existencia sin gracia ni esperanza.

Todas las actitudes colectivas nacen enclenques, como producto de parejas reproductivas casi agotadas. La vida de la comunidad se achata, se entorpece, se hunde en mal gusto y mediocridad. Aquello no tiene remedio sino mediante un corte y un nuevo principio. Los surcos necesitan simiente nueva, simiente histórica, porque la antigua ya ha apurado su fecundidad.

Pero ¿quién ha de ser el sembrador? ¿Quién ha de elegir la nueva semilla y el instante para largarla a la tierra? Esto es lo difícil. Y aquí nos encontramos cara a cara con todas las predicaciones demagógicas de izquierda o de derecha, con todas las posturas de repugnante adulación a la masa que adoptan cuantos quieren pedirle votos o aplausos. Estos se encaran con la muchedumbre y le dicen: "Pueblo, tú eres magnífico; atesoras las me ores virtudes, tus mujeres son las más bellas y puras del mundo; tus hombres, los más inteligentes y valerosos; tus costumbres, las más venerables; tu arte, el más rico; sólo has tenido una desgracia. la de ser mal gobernado; sacude a tus gobernantes, líbrate de sus ataduras y serás venturoso". Es decir, poco más o menos: "Pueblo, hazte feliz a ti mismo por medio de la rebelión".

Y el decir esto revela, o una repugnante insinceridad, que usa las palabras como cebo para cazar a las masas en provecho propio, o una completa estupidez, acaso más dañosa que el fraude. A nadie que medite unos minutos puede ocultársela esta verdad: al final de un periodo histórico estéril, cuando un pueblo, por culpa suya o por culpa ajena, ha dejado enmohecer todos los grandes resortes, ¿cómo va a llevar a cabo por sí mismo la inmensa tarea de regenerarse? Una revolución –si ha de ser fecunda y no ha de dispersarse en alborotos efímeros– exige la conciencia clara de una norma nueva y una voluntad resuelta para aplicarla. Pero esta capacidad para percibir y aplicar la norma es, cabalmente, la perfección. Un pueblo hundido es incapaz de percibir y aplicar la norma; en eso mismo consiste su desastre. Tener a punto los resortes precisos para llevar a cabo una revolución fecunda es señal inequívoca de que la revolución no es necesaria. Y, al contrario, necesitar la revolución es carecer de la claridad y del ímpetu necesarios para amarla y realizarla. En una palabra: los pueblos no pueden salvarse en masa a sí mismos, porque el hecho de ser apto para realizar la salvación es prueba de que se está a salvo. Pascal imaginaba que Cristo le decía: "No me buscarías si no me hubieras encontrado ya". Lo mismo podría decir a los pueblos el genio de las revoluciones.

Entre los jefes revolucionarios que han desfilado por la historia del mundo se han dado con bastante reiteración estos dos tipos: el cabecilla que reclutó una masa para encaramarse sobre ella en busca de notoriedad, de mando o de riqueza, y el supersticioso del pueblo, creyente en la virtualidad innata en el pueblo –considerado inorgánicamente como masa– para hallar su propio camino. El cabecilla suele ser menos recomendable desde el punto de vista de la moral privada; suele ser un sujeto de pocos escrúpulos, que expolia y tiraniza a la comunidad que lo soporta; pero tiene ¡a ventaja de que se le puede suprimir de un tiro; con su muerte acaba la vejación. En cambio, el otro deja rastro y es, desde el punto de vista de su misión histórica, más traidor que el cabecilla.

Sí, más traidor, usando la palabra "traidor" sin ninguna intención melodramática, sino como denominación simple de aquel que deserta de su puesto en un momento decisivo. Esto es lo que acostumbra hacer el supersticioso del pueblo cuando le coloca el azar en el puente de mando de una revolución triunfante. Al estar allí al trepar allí por un esfuerzo voluntario y después de haber; encendido la fe de quienes le siguieron, ha asumido tácitamente el deber de mandarlos, de guiarlos, de enseñarles el rumbo. Si no sentía rebullirse en el alma como la llamada de un puerto lejano, no debió aspirar a la jefatura. Ser jefe, triunfar y decir al día siguiente a la masa: "Sé tú la que mande; aquí estoy para obedecerte", es evadir de un modo cobarde la gloriosa pesadumbre del mando. El jefe no debe obedecer al pueblo–, debe servirle, que es cosa distinta; servirle es ordenar el ejercicio del mando hacia el bien del pueblo, procurando el bien del pueblo regido, aunque el pueblo mismo desconozca cuál es su deber; es decir, sentirse acorde con el destino histórico popular, aunque se disienta de lo que la masa apetece.

Con tanta más razón en las ocasiones revolucionarias cuanto que, como ya se ha dicho, el pueblo necesita la revolución cuando ha perdido su actitud para apetecer el bien; cuando tiene, como si dijéramos, el apetito estragado; de esto es precisamente de lo que hay que curarle. Ahí está lo magnífico. Y lo difícil. Por eso los jefes flacos rehuyen ja tarea y pretenden, para encubrir su debilidad, sustituir el servicio del pueblo, la busca de una difícil armonía entre la realidad del pueblo y su verdadero destino, por la obediencia del pueblo que es una forma, como otra cualquiera, de lisonja; es decir, de corrupción.

España ha reconocido algo de esto bien recientemente: en 1931. Pocas veces, como entonces, se ha colocado la masa en actitud más fácil y humilde. Alegremente alzó a los que estimaba como sus mejores y se aprestó a seguirlos.

Así, sin esfuerzo, se hallaron en ocasión de mandar los que llevaban muchos años ejerciendo la tarea medicinal de la crítica. Ya se entiende que no me refiero a los demagogos, sino a aquel grupo pequeño y escogido que, al través de un riguroso proceso interior –al principio, revulsión desesperada; al final, clarividencia ardiente–, habían llegado a expresar el anhelo de una España más clara, más limpia, más ágil, libre de no poca cochambre tradicional y de mucha mediocridad tediosa. Los que integraban este grupo tenían el deber de estrenar los nuevos resortes históricos, de plantar los pies frescos llamados a reemplazar a los viejos troncos agotados. Y ésos estaban llamados a hacerlo contra todas las resistencias: contra las de sus ocasionales compañeros de revolución y contra los de la masa misma. Los guías de un movimiento revolucionario tienen la obligación de soportar incluso la acusación de traidores. La masa cree siempre que se la traiciona. Nada más inútil que tratar de halagaría para eludir la acusación. Quizá los directores espirituales del 31 no la halagaran; pero tampoco tuvieron ánimo para resistirla y disciplinaria. Con gesto desdeñoso se replegaron otra vez en sí mismos y dejaron el campo libre a la zafiedad de los demagogos y a la audacia de los cabecillas. Así se malogra –como tantas veces– una ocasión de España.

La próxima no se malogrará. Ya hemos aprendido que la masa no puede salvarse a sí propia. Y que los conductores no tienen disculpa si desertan. La revolución es la tarea de una resuelta minoría, inasequible masa, porque la luz interior fue lo más caro que perdió, víctima de un periodo de decadencia. Pero que, al cabo sustituirá la árida confusión al desaliento. De una minoría cuyos primeros pasos no entenderá la de nuestra vida colectiva por la alegría y la claridad del orden nuevo.

(Haz, núm. 9, 12 de octubre de 1935)

El Sapo

 

El Sapo

28 de mayo de 2008

 

El finado Chalino Sanchez, idolo, su estilo de cantar nativo a las sierras de Durango y Sinaloa. En su estilo de cantar se percibe todavía la fuerte influencia de los cantos de las tribus guerreras nativas a estas tierras.

Chalino interpreta el corrido de “El Sapo.” Se puede escuchar aquí:

 http://www.youtube.com/watch?v=Qk37JCiZoMk

El corrido trata de un matón que al final de su vida se convierte a la Fe.

El Sapo era el apodo de José Ortiz Muñoz. El Sapo fue un asesino formado dentro del ejército mexicano para exterminar fríamente a cualquiera que se opusiera al gobierno de México.

Según la cuenta del Sapo, a la edad de 45 años ya había asesinado a más de 100 personas gracias al ejército mexicano.

El Sapo ingreso al ejército a los quince años. El Sapo comete el descuido de no saludar a un oficial. El oficial le da una paliza, el Sapo responde con una daga y mata al oficial.

El Sapo fue sentenciado a morir fusilado. Pero curiosamente recibió un perdón. Para el ejercito el Sapo era más valioso vivo que muerto. Este era la clase de hombre que necesitaba el ejército. Desde entonces el Sapo gozaría de una licencia para matar.

En 1938 el Sapo se convirtió en cazador de Cedillistas, matándolos a su gusto. Pero eso no se compara al gusto que sintió cuando acribillo a Sinarquistas.  En una entrevista que dio el Sapo este relataba que nunca se dio tanto placer y vuelo matando como cuando ametrallo a los Sinarquistas en León, Guanajuato. Decía el Sapo que, -La sangre corrió ese día.

Fueron 27 personas incluyendo muchachas jóvenes que cayeron ese Enero de 1946, varios cuales ni siquiera eran sinarquistas. Su crimen fue protestar contra el gobierno municipal impuesto por los caciques políticos.

El Sapo es interesante porque nos ilustra cual es el producto humano del ejército mexicano. Existen innumerables Sapos que ha producido el ejército Mexicano. Jóvenes pobres, analfabetas, expuestos a un régimen de condicionamiento psicológico.

Este condicionamiento psicológico tiene el fin de producir una psicosis en estos jóvenes vulnerables por su poca capacidad intelectual, por su inmadurez, su juventud ingenua.

Convertirlos en sicóticos asesinos que ya no ven a una madre, a un padre, a un hermano, a una hermana, a un hijo, a un abuelo, a su raza, sino que ven solo a enemigos que deben morir.

Un gobierno criminal como el mexicano de vez en cuando tiene que exhibir demostraciones de poder para sostener la percepción de que es todo-poderoso. Es decir de vez en cuando es necesario matar a unos cuantos para asustar a los “indios” recordarles su lugar que deben ocupar en este orden.

El ex-presidente de México, Echeverría, infame traidor que también fue agente de la CIA, al mejor estilo del Sapo, asesino a cientos de gentes en Tlatelolco. Es decir dio una demostración de poder. Acto que lo califico ante la CIA como apto para ser presidente de México.

 Pero fueron gente como el Sapo que hizo el trabajo sucio, condicionados sicóticamente para ensañarse contra gente inocente.

Hoy nos dice el gobierno que estos sicóticos son héroes y que necesitan nuestra ayuda.

Pero no necesitaban ayuda cuando masacraban a los Sinarquistas en León, no necesitaban ayuda en Tlatelolco, no necesitaban ayuda en tantas otras demostraciones de poder en la triste historia de México.

 

 

 

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El Sinarquista y el General

 

El Sinarquista y el General

 

Fue el 14 de Mayo de 1941. Abascal entra a Morelia al frente de 20,000 personas en perfecta formación.

 

De pronto, interceptan el paso un sargento y 10 policías.  Con órdenes del Comandante, de disolver la columna pase lo que pase.

 

   Intima la orden a Abascal y éste contesta tajante:

 

"Yo no puedo ordenar a mi gente a que se disperse antes de que éste acto haya terminado. Si usted trae ordenes, ejecútelas."

 

El sargento titubea. Lanza una mirada de rabia y ordena a sus policías retirarse.

 

   Más tarde, ya en el lugar elegido para la Asamblea, representan el General Fuentes Treviño y otros militares.  Ambos sostienen el siguiente diálogo:

 

 

(General)- Debe usted mandar que se disuelva ésta manifestación, porque no tiene permiso para hacerla.

 

(Abascal) No necesitamos permiso ninguno.  Nuestro derecho para hacerlo está garantizado por la Constitución.

 

   (G) Pero es que los Reglamentos de Policía mandan que se pida permiso a las autoridades para hacer actos públicos.

 

 

  • - (A) El Artículo 1° de la Constitución es muy claro y manda que las garantías que ella establece no sean suspendidas ni restringidas por ninguna otra ley. Si hay reglamentos que se oponen a la Constitución...son nulos.

 

  • - (G) Pero ustedes han escogido un día muy inoportuno para hacer su Asamblea. Está aquí el Presidente de la República y....

 

 

  • - (A) Precisamente, porque está aquí el presidente lo hacemos: para que él se dé cuenta de lo que somos y lo que queremos.

 

  • - (G) Yo les propongo que vean al General Ávila Camacho ( el presidente) y si él los autoriza para que sigan la manifestación, la harán.

 

 

  • - (A) La haremos aunque el presidente de la república no nos autorice, porque sobre el Presidente de la República, está la Ley.

 

  • - (G) Pues yo tengo la obligación de suspender la Asamblea.

 

 

  • - (A) Si usted nos impide ésta Asamblea, haremos cuarenta en otros tantos puntos de la Ciudad.

 

  • - (G) Pues haremos uso de la fuerza para evitarlo.

 

 

  • - (A) Usted puede ordenar que los soldados disparen contra la multitud y asesinen al Pueblo; usted puede ordenar que nos golpeen y nos hieran, pero la Asamblea se hará. El Pueblo no atacará a los soldados. Tenemos la convicción de que el ejército sirve para proteger a México de las agresiones extranjeras y NO PARA ATACAR AL PUEBLO cuando hace uso de su derecho garantizado por la Ley.

 

El General y sus acompañantes hacen flanco y se retiran haciendo ademanes de asombro. La Asamblea continúa, termina, y Abascal da la orden de formarse en columna para volver a recorrer la ciudad. Nadie se opone ya al avance de las milicias sinarquistas.

 

Los Héroes de Santa Cruz de Galeana

 

Los Héroes de Santa Cruz

Extracto de la Crónica publicada en Historia Gráfica del Sinarquismo 1

Juan Ignacio Padilla (1947)

Fue en Sta. Cruz de Galeana, Guanajuato. Fue quizá hoy, porque el recuerdo de ese día, el más tremendo de cuantos he vivido ha quedado incrustado en mi alma.  No puedo ni quiero borrarlo.  Porque ese día, sellé mi compromiso con el Movimiento y con México.

Alfonso Trueba y yo fuimos enviados por el Jefe Zermeño a dirigir el homenaje sinarquista a la Bandera, en Celaya, el sábado 24.  Por la tarde, en el comité municipal, se nos acercó el compañero Aniceto Castillo, Jefe de Santa Cruz, para decirnos:

"Jefes, vengo a pedirles que nos acompañen mañana en nuestro desfile en Santa Cruz. Es Domingo y bajará toda la gente de los ranchos porque hay mucho alboroto por la Fiesta de la Bandera. Si nos acompañan, verán que bonito sale".

   El Domingo ahí estábamos en la plaza del poblado. 5,000 Sinarquistas, casi todos campesinos. Castillo ordenó a la gente acercarse al kiosco y desplegar las banderas.

   No sé porqué, Trueba y yo presentíamos algo. Peligro en el ambiente.

   Nuestros discursos fueron un angustioso llamado a la Unidad, a la Fraternidad, al olvido de odios pasados, a la buena voluntad para luchar TODOS porque fueran una realidad las Tres Garantías de la Bandera: Unidad, Independencia, Fé.

   Cantamos el Himno Nacional, lanzamos vivas a México y dispusimos a la gente para pasear las Banderas por las calles del Pueblo.

   Los más valientes, empuñaron los pendones y se colocaron al frente de la Columna en marcha.

   Inesperadamente, al llegar los abanderados a una esquina -perfecta emboscada- se escucharon detonaciones persistentes y horribles, en respuesta a nuestros gritos de ¡Viva México!   De azoteas y bocacalles salieron no menos de 40 reservistas disparando a mansalva sus carabinas sobre la multitud pacífica y sin armas.

    Saturados de alcohol  y de rabia por sus líderes, los reservistas no habían podido escuchar nuestro llamado a la Unidad. Era manifiesta la consigna de asesinar sin misericordia.

   Banderas oscilando sobre los cuerpos ametrallados, otros puños vigorosos recibiéndolas de las manos inertes.  Hasta tres veces veo inclinarse y erguirse una misma Bandera.  Cada Sinarquista es un héroe. El tiroteo persiste. Caen nuevos soldados. El desconcierto se cierne sobre los espíritus. No recuerdo otro momento más angustioso de mi vida.

   Mi primer impulso fue gritar ¡Adelante! Lo hice y lo repetí segunda y tercera vez. Los patriotas, a pesar de la muerte que los acechaba, se estremecieron con mi grito y obedecieron. ¡ADELANTE! Pero seguían cayendo más soldados de nuestra pacífica milicia y no teníamos con qué repeler la agresión porque no habíamos ido a matar.

   Ahí mi tortura para conocer mi deber del momento.

   Seguir adelante equivalía a precipitar a los compañeros a una muerte inevitable e inútil.  Los asesinos estaban ebrios habían recibido una orden y seguirían matando hasta acabar su dotación de cartuchos.

   Ordené retroceder y dispersarse. La columna parecía demasiado lenta. Las puertas de las casas devoraron en minutos a la enorme multitud.  En la esquina y a lo largo de la calle, quedaron tendidos sobre el polvo doce valientes, envueltos en su bandera, asidos fuertemente a las astas.

   Media hora quedó el pueblo a merced de los asesinos. Disparos, carcajadas, gritos de odio y retos grotescos.

   Sentí entonces la tragedia de nuestra Patria. Y cayó sobre mí, densamente, la desesperación de saberme obligado a proteger la vida de los campesinos y tener las manos vacías.

   Cuando todo quedó en paz y un silencio de cementerio cobijó a Santa Cruz, regresé a la calle fatídica acompañado por un joven sinarquista.

   No olvidaré nunca ese espectáculo. La esquina sembrada de cadáveres. Esposas, madres e hijos de los gloriosamente caídos, lanzando lamentos que acaban por romper el alma.  Nunca ví rostros tan extrañamente hermosos en aquellos héroes. Mezcla de orgullo triunfal y de paz eterna se habían plasmado en todos ellos.

   Doce testigos ante Dios, del espíritu que alentaba a la Nueva Patria.

   Sobre su sangre, inclinado en sus cuerpos luminosos, concerté con sus almas una cita y sellé un sagrado compromiso.

   El teniente Piña Cerda, comandante del destacamento militar que fue a guardar el "orden", y jefe de los reservistas atacantes, nos detuvo a Trueba y a mí. El procurador de Justicia de Guanajuato, un anciano decrépito y servil llamado Juan Castelazo, nos consignó, acusados de los doce homicidios.

   Permanecimos 5 días en la cárcel de Celaya, donde salimos por falta de méritos, gracias a la rectitud y valor civil del Lic. Tagle Maldonado.

   Los sucesos de Santa Cruz sacudieron a México. Doce muertos estoicamente por la reconquista del derecho de los mexicanos a honrar su Bandera fueron y son un símbolo de un Pueblo que se insurrecciona con el corazón y la vida prontos a ofrendarse, frente a quienes solo quieren verlo sumiso y derrotado.

   ¿Qué virtud especial tenía el sacrificio de doce hombres en un país en el que nos hemos dedicado a hacernos pedazos en 100 revoluciones?

   No era el saldo de una refriega vulgar.

   Era la demostración de que México se iluminaba con una nueva Fé.

   El Jefe Zermeño escribió a las familias de los Caídos:

(Extractos)

"respeto vuestro dolor que es el mío propio... conozco el deber como Jefe Sinarquista que tengo hacia ustedes y les recuerdo que la palabra nuestra será cumplida...

   Sus padres, hijos y esposos que murieron por la Patria y la Justicia no los dejaron desamparados...Quedamos nosotros...

   La salvación y la libertad del Pueblo Mexicano exige el sacrificio de los mejores..."

Trueba mas tarde escribe al final de la editorial de El Sinarquista:

"No tenemos derecho a la paz ni a la vida tranquila mientras haya miseria y dolor en el pueblo pobre de México".

Trueba comenta lo que le dijo Piña Cerda al verlo entrar a la alcaldía para tratar de dialogar con las "autoridades":

"¿¿¿Y usted, jovencito, que quiere???

Cuando empecé a explicarle, interrumpió mi relación para decirme:

-Ah vaya, ¿usted es de esos estudiantitos que nomás vienen a alborotar a la gente y perturbar el orden? , ¿Cuanto le pagaron por venir a Santa Cruz???

Nunca en mi vida sentí tanto coraje como al oír esto. Pero tuve que aguantarme y tragarme la rabia para evitarles el gusto de justificar su odio. De todos modos, ordenaron detenerme"

    Por ellos, por los Caídos, seguiremos luchando, por hacer que en México no haya familias viviendo en pocilgas, vistiendo harapos y sufriendo el hambre. Ellos nos enseñaron el camino del honor.

   Ese día,  domingo 25 de febrero de 1940."


Sabían de la muerte y el hambre

Sabían del brutal hacendado

Sabían la historia de la humillación y barbarie

Pero aun así, decidieron cambiar su Historia

Sabían del oro que embriaga

Sabían del sable que hiere

Y cayeron por cambiar su Historia

Porque hubiera pan en las mesas

Dignidad en el alma y Destino en las manos Por ellos, por los hermanos canto,

Y por los Vivos, por los que quedamos

Por ellos como homenaje,

Por los vivos como reclamo...

Por ustedes compañeros, en Santa Cruz...

 

 

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