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REVISTA SINARQUÍA - Mexicanidad y Democracia

Los Héroes de Santa Cruz de Galeana

 

Los Héroes de Santa Cruz

Extracto de la Crónica publicada en Historia Gráfica del Sinarquismo 1

Juan Ignacio Padilla (1947)

Fue en Sta. Cruz de Galeana, Guanajuato. Fue quizá hoy, porque el recuerdo de ese día, el más tremendo de cuantos he vivido ha quedado incrustado en mi alma.  No puedo ni quiero borrarlo.  Porque ese día, sellé mi compromiso con el Movimiento y con México.

Alfonso Trueba y yo fuimos enviados por el Jefe Zermeño a dirigir el homenaje sinarquista a la Bandera, en Celaya, el sábado 24.  Por la tarde, en el comité municipal, se nos acercó el compañero Aniceto Castillo, Jefe de Santa Cruz, para decirnos:

"Jefes, vengo a pedirles que nos acompañen mañana en nuestro desfile en Santa Cruz. Es Domingo y bajará toda la gente de los ranchos porque hay mucho alboroto por la Fiesta de la Bandera. Si nos acompañan, verán que bonito sale".

   El Domingo ahí estábamos en la plaza del poblado. 5,000 Sinarquistas, casi todos campesinos. Castillo ordenó a la gente acercarse al kiosco y desplegar las banderas.

   No sé porqué, Trueba y yo presentíamos algo. Peligro en el ambiente.

   Nuestros discursos fueron un angustioso llamado a la Unidad, a la Fraternidad, al olvido de odios pasados, a la buena voluntad para luchar TODOS porque fueran una realidad las Tres Garantías de la Bandera: Unidad, Independencia, Fé.

   Cantamos el Himno Nacional, lanzamos vivas a México y dispusimos a la gente para pasear las Banderas por las calles del Pueblo.

   Los más valientes, empuñaron los pendones y se colocaron al frente de la Columna en marcha.

   Inesperadamente, al llegar los abanderados a una esquina -perfecta emboscada- se escucharon detonaciones persistentes y horribles, en respuesta a nuestros gritos de ¡Viva México!   De azoteas y bocacalles salieron no menos de 40 reservistas disparando a mansalva sus carabinas sobre la multitud pacífica y sin armas.

    Saturados de alcohol  y de rabia por sus líderes, los reservistas no habían podido escuchar nuestro llamado a la Unidad. Era manifiesta la consigna de asesinar sin misericordia.

   Banderas oscilando sobre los cuerpos ametrallados, otros puños vigorosos recibiéndolas de las manos inertes.  Hasta tres veces veo inclinarse y erguirse una misma Bandera.  Cada Sinarquista es un héroe. El tiroteo persiste. Caen nuevos soldados. El desconcierto se cierne sobre los espíritus. No recuerdo otro momento más angustioso de mi vida.

   Mi primer impulso fue gritar ¡Adelante! Lo hice y lo repetí segunda y tercera vez. Los patriotas, a pesar de la muerte que los acechaba, se estremecieron con mi grito y obedecieron. ¡ADELANTE! Pero seguían cayendo más soldados de nuestra pacífica milicia y no teníamos con qué repeler la agresión porque no habíamos ido a matar.

   Ahí mi tortura para conocer mi deber del momento.

   Seguir adelante equivalía a precipitar a los compañeros a una muerte inevitable e inútil.  Los asesinos estaban ebrios habían recibido una orden y seguirían matando hasta acabar su dotación de cartuchos.

   Ordené retroceder y dispersarse. La columna parecía demasiado lenta. Las puertas de las casas devoraron en minutos a la enorme multitud.  En la esquina y a lo largo de la calle, quedaron tendidos sobre el polvo doce valientes, envueltos en su bandera, asidos fuertemente a las astas.

   Media hora quedó el pueblo a merced de los asesinos. Disparos, carcajadas, gritos de odio y retos grotescos.

   Sentí entonces la tragedia de nuestra Patria. Y cayó sobre mí, densamente, la desesperación de saberme obligado a proteger la vida de los campesinos y tener las manos vacías.

   Cuando todo quedó en paz y un silencio de cementerio cobijó a Santa Cruz, regresé a la calle fatídica acompañado por un joven sinarquista.

   No olvidaré nunca ese espectáculo. La esquina sembrada de cadáveres. Esposas, madres e hijos de los gloriosamente caídos, lanzando lamentos que acaban por romper el alma.  Nunca ví rostros tan extrañamente hermosos en aquellos héroes. Mezcla de orgullo triunfal y de paz eterna se habían plasmado en todos ellos.

   Doce testigos ante Dios, del espíritu que alentaba a la Nueva Patria.

   Sobre su sangre, inclinado en sus cuerpos luminosos, concerté con sus almas una cita y sellé un sagrado compromiso.

   El teniente Piña Cerda, comandante del destacamento militar que fue a guardar el "orden", y jefe de los reservistas atacantes, nos detuvo a Trueba y a mí. El procurador de Justicia de Guanajuato, un anciano decrépito y servil llamado Juan Castelazo, nos consignó, acusados de los doce homicidios.

   Permanecimos 5 días en la cárcel de Celaya, donde salimos por falta de méritos, gracias a la rectitud y valor civil del Lic. Tagle Maldonado.

   Los sucesos de Santa Cruz sacudieron a México. Doce muertos estoicamente por la reconquista del derecho de los mexicanos a honrar su Bandera fueron y son un símbolo de un Pueblo que se insurrecciona con el corazón y la vida prontos a ofrendarse, frente a quienes solo quieren verlo sumiso y derrotado.

   ¿Qué virtud especial tenía el sacrificio de doce hombres en un país en el que nos hemos dedicado a hacernos pedazos en 100 revoluciones?

   No era el saldo de una refriega vulgar.

   Era la demostración de que México se iluminaba con una nueva Fé.

   El Jefe Zermeño escribió a las familias de los Caídos:

(Extractos)

"respeto vuestro dolor que es el mío propio... conozco el deber como Jefe Sinarquista que tengo hacia ustedes y les recuerdo que la palabra nuestra será cumplida...

   Sus padres, hijos y esposos que murieron por la Patria y la Justicia no los dejaron desamparados...Quedamos nosotros...

   La salvación y la libertad del Pueblo Mexicano exige el sacrificio de los mejores..."

Trueba mas tarde escribe al final de la editorial de El Sinarquista:

"No tenemos derecho a la paz ni a la vida tranquila mientras haya miseria y dolor en el pueblo pobre de México".

Trueba comenta lo que le dijo Piña Cerda al verlo entrar a la alcaldía para tratar de dialogar con las "autoridades":

"¿¿¿Y usted, jovencito, que quiere???

Cuando empecé a explicarle, interrumpió mi relación para decirme:

-Ah vaya, ¿usted es de esos estudiantitos que nomás vienen a alborotar a la gente y perturbar el orden? , ¿Cuanto le pagaron por venir a Santa Cruz???

Nunca en mi vida sentí tanto coraje como al oír esto. Pero tuve que aguantarme y tragarme la rabia para evitarles el gusto de justificar su odio. De todos modos, ordenaron detenerme"

    Por ellos, por los Caídos, seguiremos luchando, por hacer que en México no haya familias viviendo en pocilgas, vistiendo harapos y sufriendo el hambre. Ellos nos enseñaron el camino del honor.

   Ese día,  domingo 25 de febrero de 1940."


Sabían de la muerte y el hambre

Sabían del brutal hacendado

Sabían la historia de la humillación y barbarie

Pero aun así, decidieron cambiar su Historia

Sabían del oro que embriaga

Sabían del sable que hiere

Y cayeron por cambiar su Historia

Porque hubiera pan en las mesas

Dignidad en el alma y Destino en las manos Por ellos, por los hermanos canto,

Y por los Vivos, por los que quedamos

Por ellos como homenaje,

Por los vivos como reclamo...

Por ustedes compañeros, en Santa Cruz...

 

 

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