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REVISTA SINARQUÍA - Mexicanidad y Democracia

Benedetti y esa vieja costumbre de sentir

Te quiero en mi paraíso,

es decir que en mi país

la gente viva feliz

aunque no tenga permiso...

Mario Benedetti

Hasta ahora puedo intentar emborronar algunas letras. Lo confieso, estoy anonadado... Creí que lo tendríamos todavía un largo tiempo entre nosotros. No lo juzgué nunca inmortal como a Dalí, porque Mario fue siempre humano, muy humano... Se bajó de la torre de marfil en que se recluyen los poetas y accedió a convivir con nosotros los simples mortales admiradores de su obra. Así, cantó al amor, bebió, rió y comió a más y mejor, pronunció algunas mentiras y dijo muchas verdades, conoció muchas mujeres, pero amó a una sola: a Luz María, la compañera de toda su vida, que al partir de este mundo, se llevó casi toda su vida...
 
Lo mejor que tenía era esa capacidad de ser sincero, que lo llevaba a admitir que hacía rabietas en exceso, que guardaba celosamente ciertos rencores, que le gustaba el fútbol (aunque no tanto quizá como a Galeano y aunque tampoco reveló cual era su equipo favorito), que frecuentaba desde su época de novio cierta cantina, que le caían mal los gringos...
 
No tuve oportunidad de conocerlo personalmente, aunque si hubo alguien en Yucatán que pugnó para traerlo, fui yo. Quizá porque era un poeta de la cotidianidad, que acostumbraba llamar con meridiana llaneza, las cosas por su nombre, fue despreciado por los integrantes del parnaso, de esa selecta elite seudo literaria que lo tildaba de cantilenista y poeta menor. Fue despreciado por los miembros de esas cofradías que únicamente perjudican a los pueblos con sus poses y retórica, porque no era un poeta de los que tristemente abundan hoy: de tonos ambiguos, apariencia afeminada y preferencias pendulares.
 
Mario confesó abiertamente su atracción por las mujeres, su credo socialista, su inveterado ateísmo. Era por definición, todo aquello que puede ser susceptible de esperarse o suponerse de un escritor: ser capaz de la violencia máxima o de la ternura extrema. Yo amaba su ironía y su sarcasmo, ese humor tan ácido, rayano en la crueldad con que podía motejar cuanto pudiera transformarse en blanco de su crítica. Admiré su producción prolífica y extensa; era genial haciendo teatro, magníficos sus cuentos, apasionantes sus novelas, pletóricos de reflexión sus textos ensayísticos, pero su poesía era otra cosa, simple y sencillamente divina, para la cual desde mi particular punto de vista, el idioma tendría necesidad de inventar ex profeso un adjetivo.
 
Aun recuerdo mis ya lejanos dieciséis años, estaba en primer año de bachillerato y habiendo leído a Marinetti, buscaba el ideal estético en el progreso, el vértigo y la velocidad: un auto de carreras en pleno movimiento era más bello que la Victoria de Samotracia y entonces, Dios decidió meter baza y tropecé con él, con Mario... Fue todo obra de la casualidad ¿del azar?, quien sabe... no en balde decía Anatole France que el azar es el seudónimo que adopta Dios cuando no quiere firmar... y ese día no quiso. Era un sábado, de esos en que la inmensidad de la ciudad me hacía pensar en el futuro, el atardecer hervía, jugueteaba con el televisor intentando sintonizar algo que me pareciera interesante y fue entonces que me enredé en los arpegios de uno de los temas más infinitamente dulces que en la tierra existen: si te quiero es porque sos, mi amor, mi cómplice y todo y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos...
 
Ignoro si fue el influjo de la guitarra o la cadencia de la interpretación o la trascendencia de la letra, pero quedé impactado, en silencio oré para que el conductor del intrascendente programa de variedades tuviera la lucidez suficiente para revelar el nombre del autor y de la canción. Mis plegarias fueron escuchadas: Te Quiero del poeta uruguayo Mario Benedetti. A duras penas conseguí reprimir mi ansiedad de que llegara el lunes (inusitada aberración para un preparatoriano, pero a veces se dan casos) y apenas posé las plantas en la escuela, emprendí la búsqueda sistemática, metódica y hasta frenética del único ser que consideraba podía informarme a cabalidad: el prefecto, que por su origen colombiano, tendría que darme noticias (lo que es la inocencia; catalogaba Sudamérica como un pequeño vecindario en el que todos sus habitantes, necesariamente se conocían), toda vez que di con el ubicuo personaje, lo cuestioné al respecto.
 
Benedetti es grandioso, tiene un libro que compila toda su obra: Inventario, deberías adquirirlo sentenció. Ni tardo ni perezoso pedí a mi padre que me lo comprase y a partir de entonces, se estableció un vínculo afectivo y de cercanía con Mario. Conocí la historia de su amor por Luz María, sus peripecias políticas, los desencuentros de su exilio y su retorno victorioso al Uruguay. Siempre estuve al pendiente de la publicación de su última obra para incluirla en mi modesta biblioteca. Amé, viví, me ilusioné, sufrí y tuve un hijo con la distante compañía de Mario. Cuando confié a algunos amigos las circunstancias de nuestro encuentro, de cómo por una canción, conseguí un libro tan extenso, muchos tildaron lo ocurrido de locura.
 
Tal vez lo fue, pero me siento orgulloso, de haber tenido esa sublime inconsciencia, esa suprema irresponsabilidad que me hizo dar con el hombre que me alentó a sentir el sendero de las letras... Cuando murió Luz María dije a un amigo: no tarda Mario en seguirla, el suyo es uno de esos amores célebres que excluye la existencia sin el otro... Querido Mario, ahora que te has ido, me has robado las palabras elocuentes e inútiles, que hubiese usado para pretender erigirte un epitafio, recibe pues a consecuencia de su falta, este sencillo homenaje. Gracias por recordarnos a los hombres esa vieja costumbre de sentir...

POST SCRIPTUM.- Gisella, espero que mis letras puedan llegar a tus australes latitudes. Ojalá sea esto de tu agrado. Saludos.

Pues mi querida Isabel, digamos Isabel como en La Vecina Orilla, el cuento de Benedetti, he aquí lo que mi reducido intelecto produce. Saludos cordiales.

Gracias Clau por acompañarme en el árido sendero de la ausencia. Te quiero mucho y tienes un lugar muy especial en mí. Besitos.

Ivonne, ¿Qué me queda? Ya son tres meses y esto duele aun... Me haces falta y te extraño mucho. Te amo para siempre. Besos.

Guillermito: alguna vez hijito, espero que te emociones y vibres como hice yo, con los poemas, cuentos, novelas y canciones de Mario Benedetti, que se fue del mundo para entrar a la inmortalidad. Te amo infinitamente ratoncito cachetón. Besitos.
 
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