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REVISTA SINARQUÍA - Mexicanidad y Democracia

Chamanismo y Brujeria

CHAMANISMO Y BRUJERÍA

Rene Guenón

Por el hecho mismo de corresponder a las últimas fases de una manifestación cíclica, la época actual debe agotar las posibilidades más inferiores; esta es la razón de que utilice de una forma u otra todo cuanto las épocas anteriores habían despreciado: las ciencias experimentales y cuantitativas de los modernos y, sobre todo, sus aplicaciones industriales, al fin y al cabo, tienen precisamente este carácter; de aquí se deduce el hecho de que, como lo hemos reiterado, las ciencias profanas suelan constituir verdaderos «residuos» de algunas de las ciencias tradicionales (1), tanto históricamente como desde el punto de vista de su conte¬nido. Otro hecho que también concuerda con ello, por poco que se comprenda su verdadero significado, es el afán con el que los modernos han emprendido la exhumación de vestigios de épocas pasadas y de civilizaciones desaparecidas, de los que en realidad no comprenden nada; asimismo se trata de un síntoma bastante poco tranquilizador, dada la naturaleza de las influencias sutiles que permanecen vinculadas a tales vestigios y que, sin que los investigadores parezcan darle importancia alguna, salen a la luz con ellos, quedando, digamos, en libertad por el hecho mismo de haber sido exhumados. Para que pueda entenderse mejor todo esto, nos vamos a ver obligados en principio a hablar un poco de ciertas cosas que, en sí mismas, se encuentran a decir verdad al margen del mundo moderno, mas que no por ello dejan de ser susceptibles de ser utilizados para ejercer, respecto a éste, una acción particularmente «desintegradora»; cuanto digamos no será por tanto una digresión más que en apariencia, suponiendo, por otra parte y de manera simultánea, una ocasión para esclarecer determinadas cuestiones poco conocidas.
Ante todo necesitamos disipar una confusión y un error de interpretación debidos a la mentalidad moderna: la idea de que existen unas cosas puramente «materiales», concepción completamente característica de ésta, y que, en el fondo, tras haber sido despojada de todas las complicaciones secundarias que le añaden las teorías especiales de los físicos, no es más que la idea de que existen seres y cosas que sólo son corpóreos y cuya existencia y constitución no implican ningún elemento de un orden diferente a éste. En definitiva, esta idea está vinculada directamente con el punto de vista profano tal como consta, tal vez en su forma más completa, en las ciencias actuales, ya que, al caracterizarse éstas por la ausencia de toda relación con principios de orden superior, las mismas cosas que toman como objeto de su estudio deben haber sido concebidas como desprovistas de tal relación (lo que constituye un fiel exponente del carácter «residual» de tales ciencias); así, podría decirse que se trata de una condición para que la ciencia se adecue a su objeto ya que, si llegase a admitir que no era así, debería por ello mismo reconocer que la verdadera naturaleza de este objeto se le escapa. Tal vez no es necesario buscar en otra parte la razón por la que los «cientistas» se han empeñado en tan gran medida en desacreditar toda concepción diferente de ésta, presentándola como una «superstición» emanada de la imaginación de los «primitivos» que para ellos no pueden ser más que salvajes u hombres de mentalidad infantil, como afirman las teorías «evolucionistas»; de manera que, tanto si se trata de incomprensión pura por su parte o bien de una parcialidad voluntaria, de hecho consiguen dar de ella una idea suficientemente caricaturesca como para que semejante apreciación pueda parecer justificada a los ojos de los que los creen bajo palabra, es decir, de la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos. Así ocurre en particular con las teorías de lo que los etnólogos han dado en llamar «animismo»; hasta cierto punto un término como éste podría llegar a tener un sentido aceptable, por supuesto siempre que fuese comprendido de una manera completamente diferente no viendo en él sino la acepción que indica la etimología.
Pues, efectivamente, el mundo corpóreo no puede en modo alguno ser considerado como un todo autosuficiente, ni como una parte aislada en el conjunto de la manifestación universal; por el contrario, sean cuales fueren las apariencias, debidas al presente estado de «solidificación», procede por entero del orden sutil, en el que tiene, digámoslo así, su principio inmediato y por cuya mediación se integra paulatinamente en la manifestación informe y más adelante en lo no-manifestado; si no fuese así, su existencia no podría ser mas que una ilusión pura y simple, una especie de fantasmagoría sin nada detrás, lo que en definitiva equivale a decir que no existiría en modo alguno. En tales condiciones no puede haber, en el mundo corpóreo, ninguna cosa cuya existencia en definitiva no repose sobre una serie de elementos pertenecientes al orden sutil y, más allá de estos, sobre un principio que podría llamarse «espiritual», en cuya ausencia ninguna manifestación es posible sea cual fuere su grado. Si nos atenemos a la consideración de los elementos sutiles que de esta forma deben estar presentes en todas las cosas, pero que se limitan a permanecer más o menos ocultos según los casos, podemos decir que corresponden a cuanto constituye en rigor el orden «psíquico» en el ser humano; por tanto, mediante una extensión perfectamente natural y que no implica ningún «antropomorfismo», sino una analogía perfectamente legítima, podemos llamarles también «psíquicos» en todos los casos (y esta es la razón por la que anteriormente hemos hablado de «psiquismo cósmico»), o también «anímicos», pues estas dos palabras, si nos referimos a su sentido original, según su derivación respectivamente griega y latina, son perfectamente equivalentes. De aquí se deduce el hecho de que verdaderamente no puedan existir objetos «inanimados» y, por otra parte, esta es la razón de que la «vida» constituya una de las condiciones a las que queda sometida toda existencia corpórea sin excepción; a ello se debe igualmente que nadie haya podido llegar a definir de forma satisfactoria la distinción entre lo «vivo» y lo «no-vivo», por no ser esta cuestión, como tantas otras de la filosofía y la ciencia modernas, insoluble sino en la medida en que verdaderamente no existe ninguna razón para plantearla, ya que lo «no-vivo» no tiene lugar en el ámbito considerado y que, en definitiva, a este respecto todo se reduce a meras diferencias de grado.
Por tanto, si así se desea, puede llamarse «animismo» a esta forma de considerar las cosas, siempre que por esta palabra no se entienda ni más ni menos que la afirmación que en ella tiene lugar de los elementos «anímicos»; así puede verse hasta qué punto tal «animismo» se opone directamente al mecanicismo, análogamente a la forma en que la realidad se opone a la apariencia exterior; además, es evidente que esta concepción es «primitiva», pero ello se debe sencillamente al hecho de ser cierta, lo que viene a contrariar la afirmación de los «evolucionistas» cuando la califican de esta manera. Al mismo tiempo y por la misma razón, esta concepción es necesariamente común a todas las doctrinas tradicionales; por tanto, también podríamos decir que es «normal», mientras que la idea opuesta, la de las cosas «inanimadas» (que ha encontrado una de sus manifestaciones más extremosas en la teoría cartesiana de los «animales-máquinas»), representa una verdadera anomalía, como ocurre en lo referente a todas las ideas específicamente modernas y profanas. No obstante, debemos aclarar que no se trata con todo esto de una «personificación» de las mismas fuerzas naturales que los físicos estudian a su manera, y todavía menos de su «adoración», como lo pretenden aquellos que no consideran el «animismo» sino como una mera «religión primitiva»; en realidad éstas son consideraciones que únicamente dependen del ámbito de la cosmología y que pueden hallar su aplicación en diversas ciencias tradicionales. Es obvio que, cuando se trata de elementos «psíquicos» inherentes a las cosas, o de fuerzas de este orden que se expresan y se manifiestan a través de ellas, todo ello carece por completo de carácter «espiritual»; la confusión de ambos ámbitos es también completamente moderna y sin duda no es extraña a la idea de convertir en «religión» lo que es ciencia en la más exacta acepción de la palabra; a pesar de su pretensión de manejar «ideas claras» (legado directo del mecanicismo y del «matematicismo universal» de Descartes), ¡nuestros contemporáneos confunden singularmente las cosas más heterogéneas y las más esencialmente distintas!
En cuanto al punto que vamos a abordar ahora, conviene apuntar que los etnólogos suelen considerar «primitivas» unas formas que, por el contrario, son degenerativas en un grado u otro; sin embargo, bastante a menudo, no pertenecen a un nivel tan bajo como el sugerido por sus interpretaciones; mas, sea como fuere, ello explica que el «animismo», que en definitiva no constituye más que un punto particular de una doctrina, haya podido escogerse para caracterizarla plenamente. Efectivamente, en los casos de degeneración, es la parte superior de la doctrina, es decir, su lado metafísico y «espiritual» el primero en desaparecer de forma más o menos completa; por ende, aquello que originariamente se limitaba a un papel secundario, y sobre todo el lado cosmológico y «psíquico» al que pertenecen en rigor el «animismo» y sus aplicaciones, adopta inevitablemente una importancia preponderante; en cuanto al resto, incluso si todavía subsiste en cierta medida, puede escapársele perfectamente a quien lo observe desde fuera, tanto más cuanto que este observador, al ignorar la profunda significación de los ritos y de los símbolos, se revela incapaz de reconocer en ello cuanto depende de un orden superior (así como tampoco lo reconoce en los vestigios de las civilizaciones enteramente desaparecidas), y cree poder explicarlo todo en términos de «magia» e incluso, a veces, de pura y simple brujería.
Puede hallarse un ejemplo muy claro de lo que acabamos de indicar en un caso como el del «chamanismo», que es considerado en general como una de las formas típicas del «animismo»; esta denominación, cuya derivación etimológica es bastante incierta, designa estrictamente al conjunto de las doctrinas y de las prácticas tradicionales de ciertos pueblos mongoles de Siberia, si bien algunos lo hacen extensivo a todo lo que presenta unas características más o menos similares. Para muchos, «chamanismo» es casi una palabra sinónima de brujería, lo que constituye un grave error pues se trata de algo diferente; así, pues, esta palabra ha sufrido una desviación en sentido inverso a la de «fetichismo», que etimológicamente efectivamente significa brujería, pero que ha sido aplicada a unas prácticas que tampoco se limitan exclusivamente a eso. Señalemos a este respecto que la distinción que algunos han querido establecer entre «chamanismo» y «fetichismo», considerados como dos variedades del «animismo», no es tal vez tan clara ni tan importante como ellos piensan: ya se trate de seres humanos, como en el primer caso, o de objetos cualesquiera, como en el segundo, que sirven sobre todo de «soportes» o «condensadores», si se nos permite tal expresión, a determinadas influencias sutiles, es ésta una simple diferencia de modalidades «técnicas» que, en definitiva, no se refiere a nada absolutamente esencial (2).
Si se considera el «chamanismo» propiamente dicho, se repara en la existencia en él de una cosmología muy desarrollada y que podría dar lugar a comparaciones con las integradas en otras tradiciones desde diferentes puntos de vista, empezando por la división de los «tres mundos» que parece conferirle su base fundamental. Por otra parte, también pueden encontrarse en él unos ritos comparables a algunos de los pertenecientes a las tradiciones de orden más elevado: algunos, por ejemplo, recuerdan de manera notable el ritual de los Vêdas, encontrándose parte de ellos entre el conjunto de los que proceden de la tradición primordial de forma más clara, como aquellos en los que los símbolos del árbol y del cisne desempeñan el papel principal. Por tanto, no puede dudarse de la presencia en este conjunto de una serie de cosas que, al menos en sus orígenes, constituían una forma tradicional tan regular como normal; por otra parte, el «chamanismo» parece haber conservado en su seno hasta la época actual, una determinada «transmisión» de los poderes necesarios para el ejercicio de las funciones de «chamán»; no obstante, cuando se ve que éste consagra su actividad a las ciencias tradicionales más inferiores, como la magia o la adivinación, puede llegarse a sospechar que aquí se produce una degeneración muy tangible y asimismo es perfectamente legítimo preguntarse si acaso no llegaría ésta a constituir una verdadera desviación a la que las cosas de este orden no pueden menos que dar lugar cuando se inicia un desarrollo tan importante. A decir verdad, a este respecto se producen indicios bastante inquietantes: uno de ellos es el vínculo que se establece entre el «chamán» y un animal, vínculo que concierne de manera exclusiva a un individuo y que, por tanto, en modo alguno resulta asimilable al vínculo colectivo, constitutivo de lo que con razón o sin ella suele deno¬minarse «totemismo». Por otra parte, debemos añadir que el tema que estamos tratando podría hacerse susceptible de una explicación perfectamente legítima que nada tuviese que ver con la brujería; mas, lo que contribuye a darle un carácter más bien sospechoso, es el hecho de que, entre algunos pueblos, cuando no entre todos, el animal es considerado hasta cierto punto como una forma adoptada por el propio «chamán» y de ello a una identificación análoga con la «licantropía», tal como ésta se da sobre todo entre los pueblos de raza negra (3), tal vez sólo haya un paso.
Pero hay algo más, que se refiere directamente a nuestro objeto: entre las influencias psíquicas que manejan, los «chamanes» distinguen con toda naturalidad dos especies, las benéficas y las maléficas, y, como evidentemente nada tienen que temer de las primeras, se preocupan de manera casi exclusiva de las segundas; al menos, tal parece ser el caso más frecuente pues puede ocurrir que al «chamanismo» comprenda una serie de formas bastante variadas y entre las que podrían señalarse bastantes diferencias a este respecto. Por otra parte, en modo alguno se trata de un «culto» tributado a tales influencias maléficas y que vendría a ser una especie de «satanismo» consciente, como a veces se ha llegado a suponer erróneamente; se trata sencillamente, al menos en principio, de impedir que ejerzan una influencia perniciosa, de neutralizar o desviar su acción. Idéntica observación podría aplicarse asimismo a otros supuestos «adoradores del diablo» que existen en diversas regiones; de manera general, no resulta en absoluto verosímil que el verdadero «satanismo» pueda ser pro¬fesado por todo un pueblo. No menos cierto, empero, es que fuera cual fuese la primera intención, el manejo de influencias de este tipo, sin que en modo alguno se apele a las de orden superior (y mucho menos a unas influencias estrictamente espirituales), llega a constituir una verdadera brujería por la propia lógica de las cosas, si bien considerablemente distinta a la practicada por los vulgares «brujos campesinos» occidentales que ya no representan sino los últimos restos de un conocimiento de la magia degenerado y empequeñecido hasta el grado máximo y en franca vía de extinción. Ciertamente la parte mágica del «chamanismo» tiene mucha más vitalidad, siendo esta la razón de que, por diferentes conceptos, resulte extremadamente temible; en efecto, el contacto hasta cierto punto constante con tales fuerzas psíqui¬cas inferiores es considerablemente peligroso, en primer lugar para el propio «chamán», como es obvio, pero también desde otro punto de vista cuya interés está «localizado» con mucha menor concreción. Pues, efectivamente, puede ocurrir que algunos, operando de manera más consciente y con mayores conocimientos, lo que no significa que estos sean de un orden más ele¬vado, utilicen estas mismas fuerzas con fines completamente distintos, a espaldas de los «chamanes» o de aquellos que actúan como ellos y que no desempeñan más papel que el de simples instrumentos para la acumulación de las fuerzas en cuestión en unos puntos determinados. Sabemos que, por todo el mundo, existe cierto número de «depósitos» de influencias como estos, cuya repartición sin duda no es en absoluto «fortuita» y cuya misión es servir a los designios de determinados «poderes» responsables de toda la desviación moderna; mas este punto requeriría aún más explicaciones ya que, a primera vista, podría resultar sorprendente que los restos de lo que anteriormente fue una auténtica tradición, se prestasen a una «subversión» de este tipo.

NOTAS:

(1). Decimos algunas porque también hay otras ciencias tradicionales de las que no ha quedado la menor huella en el mundo moderno, por muy deformada y desviada que ésta pudiese ser. Por otra parte, es evidente que todas las enumeraciones y clasificaciones de los filósofos no se refieren más que a las ciencias profanas, y que las ciencias tradicionales en modo alguno podrían integrarse en estos cuadros estrechos y «sistemáticos»; con toda seguridad a nuestra época se puede aplicar, mejor de lo que nunca se ha hecho, el proverbio árabe según el cual «existen muchas ciencias pero pocos sabios» (el-ulûm kathîr, walaken el-ulamâ balîl).


(2). En cuanto sigue, tomaremos una serie de indicaciones referentes al «chamanismo» de un trabajo titulado Shamanism of the Natives of Siberia, cuyo autor es I. M. Casanowicz (incluido en el Smithsonian Report for 1924), cuyo conocimiento hemos de agradecer a la gentileza de A. K. Coomaraswamy.


(3). Según testimonios dignos de crédito, existe en una apartada región del Sudán todo un pueblo «licántropo», que comprende al menos veinte mil individuos; asimismo, en otras zonas africanas, hay una serie de organizaciones secretas, como la que ha recibido el nombre de «Sociedad del Leopardo», en la que ciertas formas de «licantropía» tienen un papel predominante.
 

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