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REVISTA SINARQUÍA - Mexicanidad y Democracia

Vacaciones

Vacaciones

 

Sabia virtud de conocer el tiempo

                                                                       Renato Leduc

 

De niño siempre esperaba ansiosamente las vacaciones. Ese tiempo capaz de convertir cualquier día en sábado, con mañanas frescas y luminosas en el panorama más halagador posible: un cielo intensamente azul y el rostro cariñoso de mi madre.

Anhelaba poder dormir sin pausa, sin la inquietud de que llegara mi nana, tras alzar el frente de mi pabellón, a decirme que era preciso alistarse para ir a la escuela, donde aprendería muchas cosas y disfrutaría jugar con mis amigos.

Ansiaba despertar arrobado por los trinos vocingleros de las aves propias de mi región, cobijado por el sonoro trajín cotidiano de mi casa: el ronronear de la licuadora de mi abuela preparando su plátano con leche, los rítmicos golpes de Andrea, la cocinera, macerando la carne para el guisado y el aromático silbido de los obligatorios frijoles que bendecían nuestra mesa.

Esperaba poder recorrer una y otra vez el pasillo principal que se me figuraba interminable pateando la pelota, improvisar con la nutrida tropa de soldados de materiales de variopinta índole, sustanciales modificaciones a los episodios nacionales: tras reñido combate a la bayoneta triunfaban los niños héroes, protagonizaba el heroico rescate del emperador dejando chasqueado y deshecho al pelotón de fusilamiento, encabezaba la restauración de un agradecido don Porfirio, retirándome después a la vida privada como moderno Cincinato, evocaba las hazañas de César, soñaba con la valentía de Leónidas, hacía del ejército mexicano la mas moderna y potente maquinaria invicta de combate.

Aguardaba la llegada de mi padre embozado tras la marcha que tamborileaba a fuerza de aldabonazos, preparándome para el escozor que causaría en mi cara el roce de su barba y almacenando todo el júbilo de mi mal disimulada inquietud por abordar el reluciente impala azul que nos transportaría a distantes y encantadoras regiones como paseo de Montejo o itzimná y con algo de buena suerte, al paraíso terrenal o por lo menos a su versión actualizada, con el atractivo de la hasta entonces inusitada pizza: Soleil.

Huelga decir que viajar al puerto involucraba una odisea en toda forma; primero por la infinita distancia hasta Progreso, que hacía todo un logro dejar atrás el horizonte familiar de la iglesia de Santiago, siguiendo por la imperativa parada en la gasolinera para cargar combustible y disfrutar las primeras golosinas, hasta concluir con la visión del tanque de agua porteño que prometía todo género de venturas y deleites.

Si no viajábamos, nuestras expectativas se cifraban en el parque, con sus tardes tibias, de campana jubilosa de misa de precepto, con la risa por el encuentro espontáneo con vecinos que permitiría organizar el juego de las escondidas o carreras, que concluían salomónicamente con la peregrinación al santuario de Polito que nos prodigaba inmensos barquillos de helado de coco o marquesitas, que nos hacían concebir el perdón de nuestras culpas como opción factible de parte de un Dios tutelar, que asomaba bonachón su rostro para contemplarnos.

Las noches implicaban recibir la caricia amable de la brisa, columbrar la redonda y plateada faz de una luna brillante como tostón de entonces, la caminata de rigor a la cochera para dejar el auto a buen recaudo y escuchar la voz nostálgica del ferrocarril que llegaba a la estación, plena de acentos tenues que aseguraban que la felicidad sería interminable y que el mundo y sus problemas nunca nos alcanzarían.

Pese a mi obstinación por impedirlo, el tiempo transcurrió inevitable y la placidez y la comodidad infantiles mudaron por la dinámica y el bullicioso vaivén de la adolescencia. A ello se añadió el brioso y vibrante clarín de la juventud y su afán por transformarlo todo, después llegaron sin mediar para ello invitación alguna, los desengaños y fracasos de la madurez y acompañándolos, las primeras pérdidas. Y hoy, que el ocaso comienza a dejar advertir su perfil en lontananza, no puedo sino desear que mi hijo, esa versión corregida y aumentada de mí, mejorada con sus ojotes, confirmada por los cachetes de durazno y delineada en un par de dientes de conejo, pueda gozar de dicha semejante: una infancia feliz, en una ciudad propicia para ello como es Mérida, donde pueda abrir el paréntesis que importa empezar con el relato de la historia de su vida, saga que ruego a Dios, tenga a diferencia de la mía, un final de película, donde el amor se imponga a todas las adversidades.

POST SCRIPTUM.- Madame Mim, no sabes cuanto te extraño, que falta me haces y que solo me siento sin ti. Te amo por y para siempre…

Quienes tenemos oportunidad de estar presentes de una forma u otra en los diferentes medios de comunicación, tenemos la obligación de expresarnos con la mayor propiedad posible y de constituirnos en modelo a seguir para el público que nos favorece con su atención. De suerte tal, que la búsqueda del bien común y desterrar actitudes populacheras, son para nosotros imprescriptibles.

Guillermito: En estos días hijo, la nostalgia es para mí un ejercicio ineludible. Existen muchas cosas que hoy día no entiendes y que espero que mañana puedas comprender a cabalidad. No sabes lo importante que es para mí tomarte en brazos y recordar con ello, la trascendencia de mis deberes en este mundo y la certeza de que el bien mayor de mi vida y la fuente de amor por excelencia, eres tú. Como dijera Benedetti, eres el astillero donde reparo mis sueños. Te amo infinitamente ratoncito cachetón. Besos.

 

 

 

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